María de los Andes

encontrar una madre sustituta

Nelson Manrique

¿Podrías contarme cómo es que llegaste a la investigación científica?

— Me gustó siempre la historia. Desde cuando estaba en el colegio, en Bélgica, me interesaba mucho; el medioevo me fascinaba.

— Polaca. Yo soy barranquina.

— Mi padre era un hombre sumamente culto, hablaba ocho idiomas; era agricultor pero creo que no le interesaba mucho la agricultura, lo que le interesaba era la poesía. Escribía poemas pero por la guerra nunca se publicaron. Era un hombre muy curioso, muy inquieto. Salió de Polonia porque creo que quería cambiar de ambiente. Estuvo de ingeniero agrónomo en Haití y allí atrapó un tremendo paludismo. Le dieron tanta quinina (eso fue a principios de siglo) que perdió el oído; luego regresó a Suiza donde siguió un tratamiento y lo recobró. Después, ya en París, no sabía qué hacer; era amigo de los Darcourt, que se venían al Perú, y le dijeron: ¿por qué no se viene con nosotros? Dijo bueno, y se vino, y le gustó el Perú.

— No. En el Perú conoció a mi madre y se enamoraron. Después regresó a Polonia; en esa época había que pedir permiso al hermano mayor. Los miembros de mi familia polaca eran intelectuales. Entre mis tíos está Karol Humberto Rostworowski, uno de los mayores dramaturgos de Polonia. Mi tío Miguel era abogado internacionalista, uno de los primeros del Tribunal de La Haya. Mi familia era sumamente religiosa, católica. Mi tío Juan era uno de los grandes oradores jesuitas. Mi tío Alberto, hermano de mi padre, fue senador por Varsovia y uno de los que hicieron la Constitución polaca después de la guerra. Mi otro tío, Antonio, fue uno de los fundadores de la Universidad Católica de Berlín. Todos escribían. Un primo mío entró a la Academia de Historia de Polonia el mismo año que yo llegué aquí. Pero mi generación, como que se truncó después porque muchos murieron en la guerra. Sin embargo, otro primo mío es uno de los grandes especialistas en Rembrandt de Europa y lo convocan cuando necesitan expertos. O sea que es una familia de intelectuales.

— Es notable que con esos antecedentes familiares, tu padre terminara viniéndose al Perú.

— Bueno, mi padre era aventurero y le gustaba lo nuevo, lo exótico; para él el Perú era algo totalmente distinto. Mi familia materna es gente afincada aquí desde tiempo atrás; yo creo que son del siglo XVII; tengo documentos sobre ellos. Mi abuelo hablaba quechua y aymara, fue presidente del Senado; ahí está su retrato, es de los primeros peruanos que fueron a investigar a los Estados Unidos. Tenía el título de ingeniero agrónomo; fue uno de los primeros. Era una persona muy dinámica. Me imagino que era gamonal, pero un gamonal con inquietudes. Todo su dinero se perdió: yo creo que la vida tiene altas y bajas, y es más fácil hacer fortuna que conservarla; todo se pierde. Tenía muchas haciendas en Puno porque se casó con una persona rica. Nunca me he explayado en mi biografía. He sido concebida en los Andes, en Puno, y pienso que eso para mí es importante porque creo que de ahí viene ese profundo sentimiento andino que tengo.

— ¿Hiciste tus estudios secundarios en Europa?

— Sí, primarios también, pero en una hacienda. Nos fuimos de aquí cuando tenía cinco años. Estuvimos dos años en Polonia, pero mi madre no aguantó su clima duro y entonces mi padre compró una hacienda en Francia. Mi infancia ya consciente es francesa. Yo amaba mucho ese sitio, ese rincón. Me gusta mucho el campo y me siento en el fondo campesina. Ahora, después de tanto tiempo en Lima, forzosamente ya soy citadina, pero a mí el campo me fascina. Cuando vine a Lima, Lima me traumó porque era árida, el verde era sucio. Me imagino que mucha gente que viene de la sierra tiene el mismo sentimiento que yo.

— Sí, esa falta de verde, de naturaleza. No me acostumbré al principio al Perú, en absoluto. También contribuyó a eso que mi matrimonio polaco naufragaba; salí encinta, el malestar y todo eso hizo que no me adaptara al Perú. Después, cuando nació mi hija, me fui con mi padre al Cusco; me deslumbró su luz, su aire, su clima, porque era diciembre: fue para mí la revelación de otro Perú.

— Era el Cusco de antes del terremoto y la reconstrucción.

— Así es. Te estoy hablando del año 36; era algo maravilloso y para mí era una apertura a otro Perú. Fue muy importante porque después tuve que regresar. Yo siempre he soñado con vivir en el Cusco, por lo menos unos años para investigar, pero las situaciones de la vida te llevan por caminos distintos a los de tus deseos. Después mi padre compró una hacienda en Huánuco y pasamos tres años allí; ya estaba divorciada. Huánuco era muy bonito, teníamos una casa con una huerta muy grande; tenía un caballo y podía montar a caballo y recorrer pueblos; eso me reconcilió con el Perú. Después, pasado un tiempo, me casé con Alejandro Diez Canseco y él me ayudó a comprender el Perú. Por eso en la Historia del Tahuantinsuyo se lo agradezco expresamente. Viajamos mucho y me estimuló enormemente para que investigara, porque yo tenía enormes inquietudes por el Perú; a borbotones tenía la inquietud y había que encauzarla. Leí el libro de Markham que habla mucho de Pachacútec y me entusiasmó la idea de investigar. Yo soy autodidacta.

— ¿No has seguido estudios universitarios?

— No. Fui alumna libre en San Marcos pero yo iba a escuchar a quien me interesaba, y a quien no, no iba.

— Bueno, me interesaban Tello, Valcárcel, Porras. Porras consiguió que yo pudiera ir de alumna libre, de cachimba y hasta sacar libros de la universidad.

— Ya estaba en el segundo matrimonio.

— Es excepcional que en esa época el esposo alentara a su esposa a salir de la casa para formarse.

— Sí. Tengo que confesar que tenía dos empleadas magníficas; siempre he tenido empleadas maravillosas que forman parte casi de la familia y me decían: «señora, vaya nomás a la universidad y no se preocupe que nosotras vemos todo». Yo nunca he sido fuerte de salud; ahora de vieja sí, pero de muchacha y de mujer joven, era bastante enfermiza; me habían operado varias veces, tuve una serie de enfermedades y no podía hacer una vida muy activa; pero para ir al archivo sí tenía tiempo. Era a fines de los cuarenta. Recuerdo haber ido al archivo durante dos años todos los días, como si fuera mi trabajo.Pero tenía que hacer una vida bastante descansada, en cama bastantes horas, y mi marido me traía todas las crónicas que entonces estaban saliendo y eso me ayudaba para ficharlo casi todo. Para recuperarme de un paludismo, una de mis muchas y recurrentes enfermedades, un invierno fuimos a Ancón (que a mí me gustaba en invierno, no en época de temporada) con mi hija y mi marido. Estábamos en la pensión nosotros y ahí venía a almorzar Porras que organizaba reuniones en un departamento con todos sus discípulos, y entonces le interesó que una mujer joven estuviera leyendo a Riva Agüero. Conversamos y yo le hablé de mi inquietud por escribir sobre Pachacútec y me ayudó. Vio mis cuadernos, me dijo «hay que botar esto, hay que hacer fichas». Entonces me enseñó desde lo preliminar: cómo fichar, cómo investigar; los puntos básicos de un investigador: la veracidad de lo que uno dice, citar siempre exacto, nunca citar de citas, qué sé yo, todas las cosas básicas de lo que es una ética del investigador. Después empezó a darme bibliografía a medida que yo iba trabajando, y entonces ya no iba tanto a San Marcos, porque, como te digo, no tenía una salud muy buena. El más bien venía a la casa, en parte porque a mí me gusta cocinar, soy buena cocinera.

— Ese era un importante atractivo para que Raúl Porras fuera a tu casa.

— Claro, la buena comida siempre es un atractivo para los varones. Yo hacía platitos franceses y él venía generalmente con sus discípulos o a veces solo. Después del almuerzo teníamos una tertulia y lo recuerdo sin su chaleco, caminando de arriba a abajo y yo apuntando todo lo que me decía: «archivo tal, archivo cual, ve a tal, ve a éste, ve al otro, busque aquí». En ese sentido me ayudó pero yo nunca he ido, por ejemplo, a las reuniones en su casa porque mi marido —que era muy celoso— no me hubiera dejado. Estaba muy limitada, pero yo me encontraba tan feliz con mi investigación sobre Pachacútec que no me importaba y seguía trabajando. Eso duró más o menos 7 o 9 años, entre escribir e investigar y sé que fiché e investigué muy meticulosamente las crónicas, con fichas cruzadas de una exactitud de principiante. Después le di el libro () a Porras para que lo leyera. Le gustó, era justamente el año 51. El Congreso Internacional de Peruanistas, organizado por el cuatricentenario de la fundación de San Marcos, fue mi debut, porque me dijo que presentara una ponencia sobre las sucesiones incas, que encontró muy original.

— La ponencia muy bien, pero yo con unos sustos terribles. Yo soy tímida; claro, ahora no lo soy tanto, porque si a los 81 años fuera tímida pues ya sería un fracaso total, pero me ha costado mucho trabajo sobreponerme. Como había estudiado siempre sola, sin colegas con quienes discutir fuera de Porras, no tenía costumbre de explayarme, de conversar con otros, y hasta ahora me ha quedado un poco de eso.

— O sea que tampoco tenías conciencia de la importancia de lo que habías hecho.

— Ah no, ninguna, ninguna. Sencillamente el tema me apasionaba. Me imagino que soy muy apasionada en eso. Mi hija sentía celos porque yo le decía: «es tu hermano Pachacútec», y ella me respondía, «no, yo soy hija única». Esa cosa de chicas, ¿no?

— Tu libro Pachacútec Ynca Yupanqui debió haber sido premiado, ¿no es cierto?

— Sí, pero no me dieron el premio; me lo quitaron.

— Era el premio Garcilaso de la Vega, que otorgaba entonces la Casa de la Cultura. Me lo quitaron por una situación curiosa. Después me enteré de los entretelones: el gobierno sostenía un juicio con la casa Cosmana y no había forma de coimear con dinero a Eguiguren para que apoyara al gobierno en ese juicio. La única manera era dándole lo que él quería: el premio por un trabajo que no era original. Y se lo dieron.

— Con fallo del jurado y todo. Entonces, como compensación y para que me callara la boca, me ofrecieron publicar el libro. Mi marido dijo «de ninguna manera; yo publico tu libro; no quiero nada». Porras se portó muy hidalgamente conmigo porque renunció, protestó. Ahí tengo los recortes de periódico de todo ese suceso. Fue una injusticia muy grande. Bueno, esa fue mi primera experiencia.

— ¿Sientes que de alguna manera ha habido una reparación a esa injusticia?

— Estaba pensando que es un gusto que el reconocimiento llegue.

— Sí, es una compensación, porque me dolió muchísimo. Y entonces, yo le dije a Porras: y ahora qué estudio. Y Porras me contestó: «por qué no estudia a Toledo». Yo le dije «no, no quiero saber nada del virreynato, yo me quedo en los Andes».

— Pensaba en Raúl Porras y su inclinación por la Colonia, el virreynato, Pizarro, etc., y usted con Pachacútec. De alguna manera siento que era una especie de contraparte muy curiosa, ¿no?

— Sí, yo creo que a Porras lo influencié porque después cambió, no era ya tan extremista. Una cosa que lo cambió fue ser embajador del Perú en España. Le pasó lo de Garcilaso: aquí se sentía español, allá se sintió peruano. Defendió la bandera y tuvo líos allá. Yo creo que un poco, un poquito, lo influenciaría.

— Este tema me parece particularmente importante porque conmemoramos su centenario.

— Sí, yo creo que le abrí un poco horizontes indígenas.

— Vamos a hablar de tus períodos básicos de formación. Hay temas que son dominantes en la profesión de un autor.

— Para mí la costa. Yo quería el Cusco, mi corazón era cusqueño, con mi amor por Pachacútec, los incas y todo lo demás, pero me era imposible ir al Cusco, tenía marido, hija, padre, no había forma de ir al Cusco. Fui dos o tres veces y me di cuenta de que era absolutamente imposible. Yo quería trabajar en los libros parroquiales pero era imposible, entonces no me quedó otra cosa que estudiar la costa porque era el lugar donde vivía. Yo tenía acceso a los archivos limeños. Es así como trabajé en esto de los Curacas y sucesiones durante dos años y comencé a estudiar la costa; me fui interesando cada vez más. Una palabra puede ser un derrotero. Por ejemplo, Collique fue para mí una palabra mágica, no sé por qué, por intuición quizás. Pero yo dije «esto es un derrotero» y seguí estudiando Collique, y no era cusqueño. Es así como el destino, si quieres, me llevó a estudiar la costa y después me fui entusiasmando y llegué a seguir estos estudios durante dos años, y desde ahí casi todo el tiempo.

Es un tema que no has dejado.

— No, ahora acabo de terminar el segundo tomo de Ensayos de Historia Andina y los temas son las rayas de Nazca, donde propongo una hipótesis diferente a la de María Reiche: yo no creo en el calendario; yo creo que es mágico religioso. Es que hay que meterse en el alma de la gente. Eran animistas: el mar, la tierra, el viento, todo eso tenía vida.

¿Cuál es tu hipótesis para explicar el porqué de las rayas de Nazca?

— Primero, que son costeños del siglo III; no creo que se interesaran realmente en un calendario tan complicado; ni ahora lo entienden. Para mí su calendario era lunar. Según un documento de 1558 los costeños no adoraban al sol sino a huacas; todo eso me hace pensar que no era un calendario, que más bien era algo mágico religioso. Con nuestra mentalidad resulta difícil entrar en la mentalidad de gente de otra época. Creo que ante todo hay que ver, y es una de mis preocupaciones, el modo de pensar andino, la lógica andina. Bueno, sería muy largo explicarte Nazca.

Después me interesé por las islas del litoral, por los recursos hidráulicos, porque sin ellos no se puede vivir en la costa. Si hablo de costeños y serranos no es con la idea de apoyar a unos o a otros, sino para mostrar la situación en que vivía nuestro pueblo, nada más, como, por ejemplo, con el agua. Los serranos se sentían con derecho a las tierras costeñas porque el agua viene de la serranía, pero cuando había una sequía se juntaban serranos y costeños y abrían las lagunas. Desgraciadamente el documento no dice cómo abrían las lagunas y en qué consistía abrir lagunas. Y así una infinidad de pequeñas cosas que me hacen ver el sentido de lo costeño. Ahora ya me gusta la costa, no la ciudad; me gusta la costa lejos de la población.

Entiendo que la primera mitad de la década de los 60 fue un período de intensos debates, que ya no atañen a tal estilo iconográfico en particular, o a tal rasgo estilístico, sino a algo más de fondo, que es una racionalidad andina. Pienso en Polanyi y en Murra.

— Bueno, mientras vivió mi marido yo permanecí totalmente aislada y no podía entrar en contacto con nadie. Si bien mi marido me apoyó bastante en el estudio, después «la criada le resultó respondona». Eramos muy amigos del grupo indigenista de José Sabogal; aquí tengo el cuadro que me pintó Sabogal, no porque yo se lo pidiera sino porque él me quiso pintar. Eramos amigos de Arguedas, de todo ese grupo. Y en una oportunidad Arguedas mete la pata y nos presenta: «María Rostworowski y el esposo de María Rostworowski». Eso me valió un mes entero de peleas. Fue algo terrible. Esa era mi situación en esa época; que no podía salir de casa. Después muere repentinamente mi marido, hombre sano y fuerte, en diez minutos, con una embolia, el año 61.

Fue muy duro para mí porque, primero, formábamos una linda pareja, pero quizás si hubiera vivido ya no habría podido seguir trabajando, porque uno necesita conversar con colegas, necesita interlocutores y no puedes vivir siempre encerrado en tu casa. Creo que su muerte me traumó tanto que no pude investigar durante más de 6 años. Además, tenía que trabajar. Quedé en una situación no muy buena. Fue una época muy dura. Heredé una ladrillera y ahora dime ladrillo y para mí es una mala palabra.

— Era la directora, tenía que manejar una ladrillera. Y tenía una muy buena cartera de clientes pero se me acabaron las tierras. Tuve que comprar tierras, fue muy duro.

— Así que tuviste tu etapa empresarial también.

— También, sí, pero está casi borrada del mapa de mis trabajos. Después me dieron la agregaduría cultural en Madrid, lo que me permitió ir a archivos. Pero no fui mucho, porque me interesó enormemente la parte humana de los estudiantes.

— Yo quería hacer antes un balance de lo que hemos conversado; con relación a qué significaba ser mujer en el Perú de los años 50, porque hay cosas muy especiales en la relación con tu esposo que me parecen combinar continuidad y cambio.

— Sí, era un poco oponerse a todo, que yo no viera a nadie, que no fuera a ninguna parte. Murra me invitó un día a tomar té, yo tuve que decirle que no y me sentí tan tonta de decirle no, no puedo, estoy ocupada. Después él me contó que suponía que algo así debía pasarme. Un día Rowe me invitó a tomar un café —una cosa normal— y él dijo no, aquí en la casa. A almorzar. Entonces ese día hice una comidita —bien rica, para qué—; fue frustrante a más no poder: no abrí la boca, toda la familia metió su cuchara, inclusive mi hija, y yo no hablé con Rowe para nada, y se fue y no intercambiamos nada. Después lo he conversado con él.

— ¿Pero era el medio o qué lo que hacía imposible la rebelión?

— No podía haber rebelión, primero porque fuera de eso me llevaba bien, porque mi marido se ocupaba de mi hija que no era de él sino del primer matrimonio, y era un verdadero padre para ella. Entonces no se puede ser malagradecida y rebelarse contra una persona que muestra tanto cariño y afecto.

— Y que además está convencida de que las cosas son como deben ser.

— Claro, yo quería liberarme pero no podía. Además vivían con nosotros mis padres, yo estaba completamente amarrada, no podía. Me acuerdo que tuve que suspender las clases de Tello porque eran a las 7 de la mañana y a las 6 se confabulaban mi marido con mi hija para no dejarme salir temprano. Entonces forzosamente tenía que quedarme en la casa. Pero cuando tuve la libertad, estuve tan agobiada por la pérdida, por el trabajo, por las dificultades económicas, por un trabajo que no conocía, que era ajeno a mí, a mis gustos, que poco podía hacer, ni pensar en escribir, ni investigar, nada.

— Hay un paralelo interesante que se me ocurre. Trabajando documentos sobre Clorinda Matto.

— Ella tenía 29 años cuando se queda en esa condición y tiene que hacerse cargo de un molino de trigo y del rescate de lana durante años para sobrevivir. Veo que 80 años después la situación en el Perú no era muy distinta.

— No, y en Lima igual que allá.

— Estuviste fuera entre el 64 y 69.

— En principio del 64 al 68, pero como tenía pagado mi departamento me quedé tres meses por mi cuenta, y es ahí que pude encontrar el documento de Chincha. En Madrid investigué muy poco porque me dediqué a los estudiantes peruanos. Y fue una labor muy grata para mí que me ayudó a reponerme. O sea que yo les debo también agradecimiento: yo les di y ellos me dieron. Había que ayudarlos, estaban abandonados. Me acuerdo que el Ministro Consejero me dijo: «María, por favor, no se meta con estudiantes», y yo fui donde el embajador y lo convencí de que era una obligación. Yo decía «si voy a estar acá ganando dinero del Estado, yo quiero hacer algo, son ciudadanos peruanos que necesitan apoyo; ir a cocteles no me interesa, yo quiero ocuparme de los estudiantes». Lo primero que hice fue un censo. Escribí cartas a todos los cónsules para ver cuántos chicos peruanos había en distintos sitios; claro que el censo no era completo pero reveló que eran más de 3 mil, lo que es bastante. Pero me las ingenié. Ellos sabían que podían recurrir a mí en caso de dificultad. Me las arreglé para tener acceso a los que daban los títulos; se demoraban años para dárselos; yo en 8 días se los conseguía; iba, pasaba mi tarjeta, decía: «acá el muchacho necesita, por favor ayúdeme. » y le daban facilidades, hasta perdí mi timidez. En parte algo me queda, un rezago. Después, en muchos otros casos, cuando estaban con problemas, he sido madrina de matrimonio, de nacimiento; soy madrina de matrimonio de Corcuera.

— Hablaste de una reconstrucción personal hace un momento.

— Sí, mira, eso me ayudó. Y también algo de lo que casi nunca he hablado: con el agregado cultural se ofreció la oportunidad de ir de misionera al Leprosorio de San Pablo, en la frontera con Brasil; inclusive me cayó un dinero que no esperaba. y me fui; una experiencia así también me ayudó mucho. Gente que realmente tenía tales problemas, que lo mío no era nada. Te podría contar cada caso, que realmente me hacían sentir muy infeliz. Creo que inconscientemente buscaba cosas que me ayudaran a reponerme, a rehacerme, a entrar en mi ser. Pero todo eso tomó años.

— Ahora, me imagino que para el 68 tu hija ya era independiente.

— Era casada, con hijos y todo.

— Entonces realmente ya estabas en condiciones de iniciar una nueva etapa en tu vida.

— Es la época del gobierno de Velasco. Retornas a un Perú que ha cambiado.

— Ah, sí, con Velasco. Y entonces me ofreció Martha Hildebrandt ser directora del Museo y estuve ahí 5 años. La verdad es que no me gustó el trabajo. Yo quería hacer cambios en el Museo, pero no me lo permitían. Quería hacer reformas pero me cortaron toda iniciativa. Entonces me dediqué a investigar; de ahí salió la historia de los Señoríos indígenas de Lima y Canta, que publiqué después.

— No creo que sea mi obra mayor. Yo creo que mi obra mayor es Poder, ideología religiosa y política.

— Yo creo que es la que más he tenido que pensar porque tienes que rumiar los problemas, meterte dentro de lo que pensaban, de lo que sentían. Cuando hablas de un personaje no tienes referencias directas, porque te llegan a través de la documentación española. Y ahí viene el problema de entender qué cosas nos dicen y cuándo las están diciendo, pues a veces se desdicen de lo que han dicho porque no encaja con la realidad y uno ni cuenta se da.

—No encaja en los esquemas mentales con que están viendo la realidad.

—Sí, no encaja porque en vez de buscar la mentalidad andina se vierten ellos, entonces te hablan de primogenitura, de bastardía, cosas que no existieron en el mundo andino. Ese es un peligro que constantemente acecha al historiador y del cual hay que estar constantemente prevenido. Por eso no he querido hacer nunca una reedición de «Pachacútec», porque me han asaltado muchas preguntas, a veces sin respuestas. Sólo ahora que se va a editar un libro en homenaje a Aurelio Miró Quesada, he preparado un trabajo cortito sobre quién fue Pachacútec Ynca Yupanqui y doy las dos versiones, la del 53 y la de ahora, mucho más andina.

— Sería interesante confrontarlas ambas.

— Que los investigadores como tú busquen, investiguen; yo no opino.

— Estaba pensando que en tu preocupación central por la costa, por los hombres y las mujeres de la costa, hay un par de temas que me parecen interesantes. Te pediría conversar sobre ellos. Sobre doña Francisca Pizarro y el Cristo Morado.

—Bueno, Francisca Pizarro es mujer. Y como es del mismo género que yo, pues me interesó lo que sintió. Pizarro trató de hacer de ella una española. La separó probablemente de su madre apenas terminó la lactancia. Tuvo una aya española. La cuñada, doña Inés Muñoz, fue su madre sustituta. Cómo la arrancaron, cómo debió sentirse. Y después, en otro trabajo que tengo, en un artículo de este nuevo libro que es un juicio de hechicería de 1547 de doña Inés Huaylas Yupanqui, hago una comparación entre la infancia de Francisca y la infancia de Garcilaso.

Es muy interesante ver el paralelismo y la diferencia entre ambos. La madre de Francisca fue rechazada a temprana edad. Es el padre quien la educa, el padre quien le habla de España; seguramente comentan todas las hazañas de la conquista y por último es enviada por la Corona a España y allí se casa dos veces. Garcilaso, al revés, tiene la madre cusqueña, la madre que con todo el cariño cusqueño da a sus hijos toda su educación. Entonces hay una diferencia enorme en cómo se desarrollan sus vidas después. Yo creo que esa etapa materna es muy importante, marca a los dos. Y cómo después Garcilaso, que se sintió acá español y allá se sintió indio, emprende un retorno a esa madre, a ese tío, a esos antepasados. Entonces es muy bonito comparar.

— Mientras que Francisca, va y regresa.

— Pero no creo que haya tenido muchos sentimientos por su madre, porque en el testamento Francisca le deja su herencia si a ella le pasa algo en el viaje, pero no hay una palabra de cariño. No sabemos si alguna vez la madre le habló en quechua, seguramente de pequeña, si le dio un sobrenombre quechua como su «guagua». Eso no lo sabemos. Entonces no sabemos si en ella quedó un resentimiento de eso.

— Decías que te interesaba porque era mujer, y esto al parecer desde los años 50, pero yo me atrevería a decir que el momento para estudiarla fue precisamente en los 80 y no en el 50.

— No, es que en el 50 yo no sabía nada de nada.

— Pero estaba toda metida en el Cusco.

— Pienso que de alguna manera ayudó la emergencia del movimiento feminista.

— No soy feminista.

— No estoy para nada en el movimiento feminista porque nunca he querido ser hombre, porque estoy muy contenta de ser mujer.

— ¿Crees que las feministas quieren ser hombres?

— Sí, yo creo que lo añoran. Son explicaciones que mis amigos sicoanalistas dan, yo no entro en eso. Pero yo siempre estuve contenta de ser mujer. Tiene muchas ventajas si lo quieres aprovechar. Ante los mismos varones, no necesitas ser prepotente, mejor te haces la pobrecita, la que no sabe hacer nada y el varón corre a hacerlo todo.

— Pero me has estado hablando de tus dificultades para liberarte en los años cincuenta.

— Bueno, pero ahí es que había cambiado un poco. Yo ya había escrito un libro y ya no sabía cómo seguir, cómo podía hablar con colegas. Creo que había agotado el estar sobre mí misma. Era ya una planta agotada, que tenía que abrirse sus propios horizontes.

— A pesar de las limitaciones que tuviste en el 50, pienso que de todas maneras tenías ventajas que eran excepcionales para las mujeres de entonces.

— Claro, mi marido trabajaba y yo no necesitaba trabajar, podía dedicarme.

— Pese a los límites que te podía poner hubo un apoyo, un estímulo que quizá no tenían otras mujeres.

— Ah, sí, ahora, por ejemplo, a mi marido le encantaban los dulces criollos de cuchara. Yo los hacía, no me importaba estar una hora batiendo, pero yo estaba leyendo mi cronista.

— Leyendo tu cronista y moviendo tu cuchara.

— Sí, es que batía mucho. No, mira, cuando tú quieres conseguir una cosa, la consigues. Todo depende de la intensidad de tu deseo de conseguir algo, y yo sabía que sobre la cabeza de un tiñoso yo iba a investigar, y lo logré.

— ¿Qué permanece y qué cambia de estos años de los que hemos conversado?

— De tu vida intelectual para circunscribir más.

— Mi apego al mundo andino.

— Esa es una continuidad que ya será para siempre. Me hicieron no hace mucho un reportaje: «María de los Andes» me han puesto, soy andina.

— Ahí hay una continuidad, pero sospecho que lo que dices sobre los Andes suena de una manera diferente a como podías percibirlo en los 50.

— Claro, es que había una incomprensión.

— Algo ha cambiado, digamos.

— Mucho, porque piensa que yo comienzo a trabajar como mujer, era un handicap tremendo ante el machismo de entonces. «Estudio indios», como me decían despectivamente. Después soy autodidacta y lo digo; nunca he tratado de decir que he estudiado porque sería una tontería, además porque me siento muy orgullosa de ser autodidacta. Sabes que yo lo veía antes como un handicap tremendo, pero creo que ha sido bueno porque los profesores me hubieran exigido seguir lo que ellos querían y yo quería hacer lo mío. Entonces creo que no me han maleado.

— Me gustaría, para terminar, hablar algo sobre el futuro.

— Bueno, mira, tengo un largo pasado, tengo un larguísimo pasado. Ochentaiuno es bastante. Tengo un presente y no tengo un futuro porque el futuro se acaba en cualquier momento y no me importa que se acabe. Ya, pues, ya hice mi trabajo, ya hice mi obra, mi hija, mis nietos casados, tengo 7 bisnietos. ¿Ya para qué más?

— Tengo planes porque no puedo vivir sin investigar.

— Estamos conversando rodeados de un conjunto de textos que tienes a tu alrededor y.

— Sí, siempre los tendré mientras pueda, pero ya no es( haga clic para ver más ).

— Mira, ahora estoy haciendo pequeñas cosas. Después quieren publicar el documento de Pachacamac, un volumen de más de 200 folios que es muy interesante para muchas personas, porque de un documento así cada quien saca lo suyo y hay que pensar en los demás, en los otros investigadores; publicarlo para que lo tengan a mano. Entonces se va a publicar, pero tengo que hacerle el prólogo, la introducción. He tenido que releerlo desde el principio, y volver a fichar. Y siempre me interrumpen porque quieren otras cosas.

— Y así me dices que no tienes futuro.

— Pero no es un futuro largo ni pensado a largo plazo. No tengo largos plazos.

— Nadie sabe, uno tiene 5 años y no sabe si tiene futuro más allá del día siguiente, pero.

— Sí, pero tampoco quiero tener un futuro vegetal ni esas cosas, ¿ah? Eso no es futuro.

— Disculpa, pero si hay algo diferente en este país a un vegetal es María Rostworowski trabajando.

— No sé si lo es, pero tú no sabes cómo puedes quedar de una enfermedad, de un accidente. He escrito una carta a mi nieto en la que le digo: si por enfermedad o accidente me ponen tubos y todas esas cosas, no me da la gana. Nadie puede decidir hacer eso de mi vida. Mi vida es mía y yo decido lo que quiero de mi vida. He prohibido terminantemente someterme a esa prolongación de enfermedades.

— Reivindicas el derecho a disponer de tu vida.

— Es mi vida, yo la he vivido, la he sufrido, la he gozado. Es mía; yo dispongo, y nadie más tiene derecho. En eso tengo ideas bien claras sobre lo que quiero y lo que no quiero.

— Completamente de acuerdo contigo. Y sobre lo andino qué piensas para el futuro. Hay una serie de cambios, Lima ya no es lo que era.

— Mira, si tú comparas la Lima que yo he conocido, del año 85 al 97 hay enormes cambios a favor, no en la belleza de Lima pero sí en la gente. Ya no hay ese repudio al indio. El indio ya está integrado al país. Habrá afeado a Lima, pero Lima tomó conciencia de los Andes porque los Andes han venido a Lima, y yo me alegro; me alegro, porque es la única manera en que iban a darse cuenta de que hay otro Perú.

— ¿Crees que haya desaparecido el racismo en Lima?

— Está desapareciendo. En la gente joven tú lo ves. Para mí la esperanza es la gente joven. La gente joven tiene otra visión, otros deseos, que ya se están integrando; ya estamos formando una nación. Y una cosa que yo veo como ejemplo de integración es la comida peruana, una de las mejores comidas del mundo. ¿Y qué es?: integración total.

Mejor que mejor, porque nos da una riqueza interna que es ese crisol que se está formando, que va a dar una visión muy rica.

— Pues las reminiscencias de Pachacamac.

— Pachacamac y la herencia africana.

— Ese crisol. A mí lo que me gusta del Señor de los Milagros es que surge espontáneamente como un movimiento popular. No es de la Iglesia; la Iglesia no ha hecho al Señor de los Milagros. Es la unión indígena y negra, espontánea y popular, la que lo crea. Por eso es rico y por eso subsiste hasta hoy día y subsistirá, porque proviene de las profundas raíces étnicas nuestras. Eso es justamente lo que debe pasar en el Perú, esa amalgama. No podemos negar lo español, no podemos negar lo negro ni lo andino. Esa amalgama. Ese es el futuro del Perú. Y por eso yo creo profundamente en el futuro del Perú. Tenemos que integrarnos y ya lo estamos haciendo; queriendo o no queriendo lo estamos haciendo, y la gente joven sobre todo.

— Hace un par de años estuvimos en la entrega del premio Juan Mejía Baca y.

— Fuimos premiados los dos.

— Y. hablábamos de la reparación que suponía ese premio, en relación a la injusticia cometida tres décadas antes con el premio que debieron haberte dado.

— Ahora has recibido una nueva distinción. ¿Cómo se siente «María de los Andes» al ser reconocida?

— Muy contenta, y naturalmente porque junto conmigo son los Andes; no estoy sola. Ya principian a interesarse por los Andes, ya principian a estudiarlos. Por lo menos sonarán ya un poquito los Andes. Y por eso es que me gusta.

— Debe ser un gusto saber que uno ha contribuido.

— Sí, aunque sea un grano de arena, pero es un alguito.